CRONICA-250812: ABUELAS-I

 I
  • El motivo de esta comida fue la llamada desesperada de socorro que nos lanzaron Mo+Ao al grito legionario de  -¡A mí, Symposium!- 

 

  •  Entendimos que era imperativo organizar una comida  – ¡ya! –  con el fin de llenar el cuerpo y vaciar el alma. Esta llamada a capítulo  estaba más que justificada; sus tan queridas vacaciones estivales, se habían ido al garete completamente.

  •  El segundo día de placentero relax en Co, la madre de Mo se dió un porrazo -sin consecuencias dignas de mencionar- a consecuencia del cual  la tuvieron que llevar a urgencias y a partir de ese momento se desencadenó un crescendo de abuela, que acabó por arruinarles definitivamente  sus  ansiadas vacaciones y  alterarles -aún más- los pocos nervios que aún les quedaban tras el duro periodo invernal
II
  • Nada más llegar encendimos el fuego de la barbacoa – que estrenábamos, tras pasar tres años precintada en su embalaje original, y guardada cuidadosamente  en el trastero- y mientras empezamos el aperitivo: papas y frutos secos a voluntad, regado todo con abundante cerveza fresca. 

  • Nos reservabamos para la torrà.
 III
  • Y entonces, Mo empezó el relato oral de su odisea canicular.

  •  Cuando una persona de cierta edad sufre un pequeño accidente, el protocolo filial – aunque se vea que no ha sido nada- exige que se la lleve a urgencias. Cosa que se hizo. Una vez allí, y tras explicar los pormenores del batacazo, el médico de turno ordenó que se le hiciese a la abuela una radiografía de cintura para abajo.
IV
  • Cuando la abuela oyó lo de la radiografía, gritó con voz alterada:

  •  –Doctor, déjese de radiografías (-deixes de romanços- en la versión original, N.d.T.)), deme una pastilla y que me muera ya

  •  El doctor al oír tal expresión, fino de reflejos y con muy buen ojo clínico, cambió rápidamente de diagnóstico y dijo: 

  • No, la radiografía hacédsela de la cabeza– 

  • Afortunadamente Mo que siempre está al quite, intervino:

  •  -Doctor, no le haga mucho caso es que ella es así- 

  • Al final, tras una árdua negociación a tres bandas: la abuela, Mo y el doctor, todo quedó en una radiografía de cadera y rodilla izquierda.

  •  Resultado: Nada.
V
  • Tras el susto sin consecuencias, Mo+Ao optaron por llevarse la abuela unos días a casa con ellos – craso error-

  •  Ya el regreso a casa, los tres en coche, fue de lo más surrealista.

  •  La abuela que ya tenía algunos lapsus antes del percance, tras la caída, sus fallos de memoria se volvieron fallas. Cada cinco minutos preguntaba adónde iban y si tardarían mucho en llegar. Las cinco primeras veces le contestaron, á tour de rôle, en un tono correcto, lleno de amabilidad.

  •  A partir de la sexta las respuestas fueron subiendo de tono y encrespándose los ánimos. A la décima optaron por el silencio.

  •  La abuela, inasequible al desaliento, continuó preguntando en medio de un espeso silencio, unas diez veces más; hasta que al llegar a la vigésima gritó angustiada: 

  • Virgensanta! ( Mare de déu, Senyor! en la versión original, N.d.T.) mis hijos se han vuelto sordos de la impresión del porrazo- 

  •  Y en ese mismo instante se calló.
VI
  • Al llegar a casa, acomodaron a la abuela en una habitación de la planta baja. Ésta exigió que Mo durmiese en la habitación contigua, cosa que les pareció razonable. Lo que Mo no sabía es que la abuela no solo dormía a pierna suelta sino que también roncaba como un minero – hecho que ella negó vehementemente y se negó en redondo a admitir cuando Mo la puso en conocimiento de causa, durante el desayuno – 

  • . Mo, que lleva el sueño nocturno marcado a fuego en sus genes, esta noche en vela acabó por desquiciarlo. 

  • La noche siguiente tomó la drástica decisión de regresar al tálamo matrimonial en el segundo piso, cosa que oportunamente comunicó a su madre.

  •  Ésta aceptó de mala gana la política de hechos consumados, pero exigió una campanilla metálica para establecer un cordón umbilical sónico, en caso de necesidad, que le permitiese salvar la distancia de dos pisos más la planta baja – unos 50 escalones – que la separaban del resto de la familia.
VII
  • Como era previsible a las 2 de la madrugada se oyó un  frenético repiqueteo  de campanilla que despertó a toda la familia y parte del vecindario, y que iba acompasado de unos gritos desgarrados:

  •   ” Mo, Mo, Mo, Mooooo……...”.

  •  Ni que decir tiene Mo bajó en paños menores (aunque visiblemente decente) a ver que pasaba temiéndose lo peor. 

  • Al llegar a la habitación de la abuela,  ésta se limitó a pedirle, por favor, que le apagase la luz de la mesita por que si no se tendría que levantar ella y estaba muy cansada.

  • Tras un intercambio de pareceres que podríamos calificar de franco, directo e intenso, Mo regresó al lecho.

  • Durante la semana que la abuela permaneció en casa, se mantuvo fiel a sí misma. La comida que le preparaba Ao o estaba demasiado salada, o sosa, o era un plato fuera de temporada, o poco nutritivo, o ya había perdido el apetito, o no le apetecía, o era muy pronto para comer, o era muy tarde, o vete tú a saber.

 

  •  La cuestión es que nada era de su agrado.

 

  •  Durante la comida del primer día sucedió algo extraño, al pasar a la mesa la familia: Mo, Ao, Cs y Aa se encontraron con que la abuela ya estaba sentada en una silla aunque en posición paralela a la mesa, cosa a la que no le dieron mayor importancia y se pusieron a comer. La abuela sentada en silencio sin decir ni pío.

  •  Llegado el momento de servir el segundo plato, la abuela dijo con un cierto retintín:

 

  •  -Bueno, cuando os decidáis a darme la vuelta podré empezar a comer-.
 IX
  • A todo esto había que añadir que la abuela estaba completamente perdida. Repitiendo  siempre las mismas preguntas, en especial la hora que era y el día de la semana en el que estaba.

  •  Aprovechando que Aa era la más paciente de los cuatro en responder, la abuela la eligió como interlocutora privilegiada – honor que ella hubiera gustosamente declinado –  Una mañana estuvo estuvo especialmente dura y espesa en el interrogatorio. En realidad eran solo tres preguntas:

  • 1) –¿A qué hora empiezas a trabajar?
  • 2) –¿Cuántas horas trabajas al día?– 
  • 3) –¿Te pagan mucho?

  •  pero que repetidas ad nauseam formaban un bucle infernal que con el tiempo se iba transformando en un círculo vicioso del que era imposible escapar. Había que cortar aquel nudo gordiano como fuese. 

  • Rápida de reflejos, Aa sin esperar la próxima tanda de preguntas le disparó a bocajarro: 
  • 1) A las 8 
  • 2) 5 horas
  • 3) menos de 400€. 

  • La abuela se quedó pasmada durante unos segundos y le soltó completamente descolocada  

  • ¿Pero, cómo has podido adivinar lo que te iba a preguntar?-
 X
  • Mo y Ao grandes conocedores de la psicología humana  -y de la abuela-  con el fin de evitar males mayores, y apaciguar los ánimos de la unidad familiar forzosa, decidieron crear un espacio que llamaron: El Rincón de la Memória. 

 

  •  Constaba de un tablón de corcho, colgado en un lugar preferente del comedor, y en el que estaban escritas sobre folios sujetos con chinchetas -en letras perfectamente visibles-  las preguntas más frecuentes que solía formular la abuela  con sus correspondientes respuestas; más un reloj de cocina. 

 

  • Funcionaba de la siguiente manera, cuando la abuela hacía una pregunta, si era la primera vez que la formulaba se le contestaba y acto seguido se apuntaba en una hoja colgante del panel.

 

  •  Si la abuela volvía a formular la pregunta se la enviaba  al Rincón de la Memória

 

  •  Este trajín, además, tuvo efectos secundarios positivos no previstos, ya que con tanto ir y venir la abuela se pasaba el día de lo más entretenida.
XI
  • En el caso de que la abuela preguntase por la hora, se la enviaba sin más al Rincón de la Memória. 

  • Pero a pesar de que la abuela preguntaba también sin cesar por el día en que se encontraba, la familia se conjuró para hacer desaparecer todos los calendarios.

  •  La explicación de esta aparente paradoja no se hizo esperar. 

  • La abuela  -persona de orden y arraigadas costumbres cristianas- exigía sin contemplaciones ni miramientos ser llevada a misa de 8 todos los domingos.

  •  La familia tenía demasiado vivo el recuerdo de cuando la llevaron dos años antes -estando aún en sus plenas facultades mentales- a la parroquia más cercana distante unos 10 km de la urbanización,; donde se concentraban los casi 500 fieles más devotos de las urbanizaciones vecinas. 

  • La abuela les aseguró que solo estaría unos minutos

  •  – Lo justo para hablar con Dios-,  dijo.

  •  Pasados los cuales podían entrar a recogerla y regresar a casa. 
XII
  •  A los diez minutos de empezar la misa, Mo le indicó a Aa que entrase a por su abuela.

  •  Al cabo de un cuarto de hora Aa regresó -sin la abuela- totalmente desencajada. Ante la sorpresa general y antes de que Mo pudiese formular una pregunta coherente, soltó

  •  –No he podido reconocer a la abuela, son todas clónicas 

 

  • Mo sonrió, pensó para sus adentros que Aa se había dejado cegar por su juventud, y le dijo con el mayor aplomo: –No te preocupes, el pare anirà-

  • Y entró decidido a salir con su madre, y,  como era de esperar también regresó sin ella. A modo de excusa se justificó: – Aa, tenía toda la razón, son todas clónicas

  •  Tuvieron que esperar casi hora y media, en medio de la nada, a la sombra de un algarrobo; a que acabasen los oficios, a que la abuela saludase a conocidos y extraños y a que se decidiese a reunirse con ellos para regresar a casa. 

  • Al verlos les lanzó con un cierto retintín: –Me he pasado media misa esperando a que vinieseis a por mi-  
 XIII
  • Así que, fuera calendarios. Y mientras la abuela estuvo en Co, las semanas se volvieron especiales, el día del Señor desapareció como por ensalmo, y se pasaba del sábado al lunes sin solución de discontinuidad.

  •  La abuela que debía olerse algo en lo más recóndito de sus neuronas, cuando llegaba el sábado empezaba a afirmar que estaba segura de que era domingo, pero ellos, le replicaban sin desfallecer, erre que erre, – con la tranquilidad de conciencia que produce el tener la razón de su parte- que era sábado, sábado, y sábado…,  hasta que lograban vencer la resistencia de la abuela. 
XIV
  • Epílogo -que es más bien un epitafio- :La pobre Ao (la nuera) logró sobrevivir a esa semana de pasión gracias a una estricta y férrea dieta nocturna, compuesta exclusivamente, de gin-tónics y 20 trayectos nadando, ida y vuelta, como mínimo, en las frías aguas de la piscina familiar.

Continuará en: ABUELAS -II

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